Voy a dejar por unas horas el tema de la corrupción política y les contaré una triste historia del tiempo de la dictadura.
Yo era funcionario de aduanas y trabajaba en la superintendencia en Valparaiso. Habia sido detenido, me habían llevado a declarar ante el fiscal naval y sin siquiera darme cuenta de mi propio peligro, habia seguido yendo a trabajar, tratando de seguir una vida normal en un mundo anormal. Era jefe de la bodega de abastecimientos y tenía un ayudante, Jacobo Neira, que curiosamente había pertenecido al mismo partido proscrito que yo y por lo tanto nos comportábamos con mucho cuidado.
Un dia llegamos a trabajar y alguien nos avisó que habia fallecido doña Florencia Mura Cuadra. Esta señora era conocida en la política regional. Había sido alcaldesa de Quilpué o Limache, no recuerdo bien. Muy derechista la dama y por supuesto muy pinochetista. Pero, era la madre de Florencia Allegro Mura, nuestra colega del departamento de finanzas. Como se usaba, tendríamos que asistir al funeral de la madre de Florencia, con permiso de la jefatura. Varios colegas tenían auto y a la hora del funeral nos ubicamos en diversos vehiculos. Mi ayudante Jacobo y yo nos metimos en el auto de uno de los contadores. Salvo la simpatía que le teniamos a Florencia hija, y el capeo de pega, poca gracia nos hacía ir al funeral de la mencionada momiacha. Pero partimos en caravana al cementerio de Playa Ancha. Al llegar, nos ubicamos un poco alejados de la familia de la fallecida; su hija estaba muy descompuesta, lloraba a los gritos y algunas personas la ayudaban. Lentamente el féretro fue subiendo la avenida central y llegó a un grande y pomposo mausoleo familiar.
Los llantos se sucedían y por los movimientos de ciertos personajes nos dimos cuenta que pronunciarían largos discursos. En ese momento nos percatamos que otro cortejo fúnebre comenzó a pasar hacia la parte alta del camposanto. Me pareció ver una persona de cara conocida pero no le dí importancia. Luego pasó otro pequeño grupo y otra vez reconocí dos rostros. No podía ser coincidencia. Poco a poco me fuí acercando a mi colega Jacobo y le pregunto en voz baja: " Colega, está usted viendo lo mismo que yo en el otro cortejo?"
Jacobo me mira con cara de preocupación y complicidad y me dice, en voz aún más baja: "Colega, creo que ese funeral es de los nuestros".
"Y qué hacemos?," me pregunta.
"Vamos no mas, le digo, aqui nadie se dará cuenta".
Partimos cerro arriba, a tranco largo para alcanzar el cortejo. Cuando estamos junto al grupo, veo rostros conocidos que nos miran y saludan con venia silenciosa y preocupada. Veo que Jacobo se acerca a alguien y cambian palabras muy silenciosamente. Vuelve junto a mí y me dice casi en susurro:
"Es el funeral del camarada Sergio Vargas."
Claro que conocía al fallecido, habia sido miembro del comité regional.
Seguimos silenciosamente hasta llegar a la tumba preparada, un hoyo abierto en la tierra. Hubo momentos de silencio, se miraban unos a otros sin decir una palabra. Alguien abrazó a la viuda y luego comenzaron a saludarse unos a otros con apretones de mano, siempre en silencio. De repente veo que dos hombres jóvenes como nosotros se acercan a Jacobo y a mí y mirándonos con emoción contenida, nos dan la mano y nos dicen: "Gracias por venir, camaradas".
La última palabra casi en un susurro.
Al cabo de unos momentos, tras las paletadas que cubrieron el rústico ataúd de Sergio Vargas, comenzamos todos a bajar el cerro, siempre en silencio. No hubo discursos, nadie dijo nada.
Al llegar junto al mausoleo de doña Florencia Mura, seguían los discursos y nadie nos vió pasar. Con el grupo llegamos a la puerta del cementerio y nos despedimos de varios conocidos. Como antes, nadie decía nada. En esos dias un funeral podía ser un acto de mucho riesgo, de mucho peligro. Había funerales de una gente y funerales de otra gente. El dolor de unos no se podía expresar como el dolor de otros. En un funeral se escuchaban llantos y discursos. En otros, solo silencio y temor.
Esperamos unos minutos hasta que llegaron los colegas y dolientes del otro funeral y no habían notado nuestra ausencia. Le dimos un abrazo a Florencia, la colega y rápidamente nos metimos en el auto del contador.
Miré a Jacobo y vi que sonreía muy levemente. Yo también sonreía. Sin querer, así por casualidad, habiamos cumplido un gran deber.
Jacobo y yo fuimos exonerados del servicio un tiempo después, junto a varios cientos de funcionarios de carrera.
Autor: Marcos O. Medalla.
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