A propósito de las palabras escritas, les voy a contar esta historia que me ocurrió hace muchos años. Tantos años, que me parece una fantasía, un sueño de otro siglo. Pero fué tal cual.
Mis padres tenían amigos y familiares en La Serena. Mi madre habia estudiado en la Normal de la Serena y mi padre habia nacido en esa bella ciudad. Un par de veces viajamos en las vacaciones de verano. Desde Los Andes había que tomar el tren hasta Llay Llay y otro hasta La Calera. Desde allí partía el tren a Coquimbo. El viaje duraba un dia y medio, tenia retrasos de horas, a veces caían rocas a la vía y habia que esperar. El tren era a carbón y cada vez que se acercaba a un túnel habia que cerrar todas las ventanas para no ahogarse con el humo. El paisaje era de montañas, precipicios, quebradas, pequeños pueblos donde se veía gente haciendo señas al tren, niños que corrian un rato junto a los vagones. A veces el tren se detenía en un pueblo y subían mujeres portando ollas tibias para vender sopas de ave. De una de esas noches del tren de trocha angosta, yo recuerdo la más deliciosa sopa de gallina de mi vida, con un vaho de orégano. Pero no era eso lo que les quería contar.
Una mañana, despues de una larga noche de viaje lento y muchas detenciones, el tren disminuyó la velocidad. No se veía poblado alguno, sólo cerros secos, con la sequedad propia de nuestra cordillera de la costa. Luego supimos la razón de la lenta marcha del tren. Hacían trabajos en la vía y los trabajadores se habían retirado hacia los costados para que pasara el tren lentamente. Pero esos trabajadores no se habían quedado quietos sino que la mayoría hacían señas al tren y gritaban unas palabras. Entre el ruido de los carros , los pasajeros trataban de escuchar los gritos de los trabajadores de la vía. Al fin escuchamos claramente el grito de " diarios, el diario, por favor un diario!!!!".
Ellos pedian un diario para leer noticias. Algunos pasajeros reaccionaban y arrojaban por la ventana los diarios que llevaban. Las hojas volaban con la suave brisa del propio tren y los trabajadores corrían a capturar las páginas y apenas las atrapaban, se sentaban a leer, ávidos de saber, de recibir noticias de su pais lejano, quizás los resultados del fútbol, de la política, de lo que fuera. Esa escena de trabajadores corriendo para atrapar las páginas de un diario no la he olvidado jamás.
Recuerdo el comentario de mi madre cuando el tren dejó atrás ese grupo de hombres leyendo. " De seguro nuestro país será un país de mucho progreso, si su gente tiene tantas ganas de leer."
Eso ocurrió en un verano de 1953 o 54. Mucho tiempo ha pasado desde entonces. Mi madre no se imaginaba que vendrían otras generaciones que no leerían mucho porque un dictador cerraria las escuelas normales para formar profesores, disminuiría la importancia de la instrucción pública y Chile llegaría a ser un país donde de acuerdo a ciertos estudios, la mayoría no entendería lo que lee.
Aprovecho de rendir un homenaje a esos hombres que corrían para cazar las hojas de los diarios, como persiguiendo mariposas que los podrían sacar de su miseria. No pedían dinero, ni trago, ni drogas. Pedían hojas para leer.
Autor: Marcos O. Medalla.
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